viernes, 27 de diciembre de 2013

Dinosaurios

La última vez que se llegaron a juntar fue en un barcito por Miraflores, chibolos ambos, él más que ella. Se encontraba de visita en la ciudad y no querían perder la oportunidad de verse. 

El día que quedaron hacía mucho calor, era un fin de semana de enero y en Lima durante ese fechas ni en la noche te salvas de querer dormir en el suelo, aún así él llevaba una camisa a cuadros roja y ella una casaca negra que le quedaba a la medida. Estuvieron casi toda la noche conversando sobre rituales, sobre qué planes tenían en el futuro y sobre las ganas de ambos de escribir un libro.

No la había visto en tres años, pero repentinamente ella lo llamó para avisarle que había vuelto a La Gris. Ambos habían cambiado y al mismo tiempo no. Cuando se vieron, él la reconoció primero con tan solo verla de espaldas. Ella dijo que estaba más alto. Él la llamó chata, aunque en realidad no lo era y se fueron caminando.

Se sentaron en un parque cerca de la casa donde ella se hospedaba, fumaron algo y compraron cerveza en una tienda. 

No sabían por dónde empezar, en tres años uno acumula mucha información y no se puede simplemente ordenarla de forma tan cronológicamente exacta, pero al final se las arreglaron para que todo encaje.

Cada vez que él pensaba en ella recordaba su gran parecido con un velociraptor, pues ella asegura que es un dinosaurio y cuenta sobre lo mucho que le costó su madre aceptar ese hecho, que tuvo a un terópodo dromeosáurido en vez de un niña sana. Pero muy a parte de su descendencia sauropsida, él pensaba en su cara de chica que está en sus veinti y tantos, pero que no lo aparenta, en sus ojos que tranquilamente podrían desnudarte en menos de un parpadeo, en sus cejas, tan marcadas e imperturbables, en su cabellera alborotada por gatos, en su sonrisa que invitaba reír con ella, en sus labios pequeños, en sus dientes filudos, en sus senos prominentes y en su caminar despreocupado por las calles vacías, aunque rápido en las autopistas.

Habrían estado una hora conversando, estuvo en Lima tan solo por dos días y la muy sonsa avisó tarde, esa misma noche se iría. Se levantaron con las mismas, ambos insatisfechos por el poco tiempo que tuvieron a solas. La acompañó hasta una esquina en la que se dieron un largo abrazado, seguido de profundos suspiros y se despidieron.

-      -   Nat, espera.
-      -  ¿Qué pasó?
-      -  Sé que puede ser tonto, pero hay algo que tengo hacer.

Agarró valor y se acercó a ella, quedando frente a frente. Se quedó inmóvil viendo como ella cerraba los ojos. Él sonrió un poco, total, si pudo esperar tres años, qué le costaba esperar un poco más.


Marty Vargas



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