martes, 8 de octubre de 2013

Tiempo

De hecho, cuando me lo dijo, no le creí. Sus palabras eran sublimes, hermosas, parecía que hablaba con la verdad, que cada letra que salía de sus sublimes labios era algo cierto. Pero aún así no le creí.

Anduve mucho tiempo caminando y me cansé, estaba decidido a sentar cabeza y a no volver atrás, a lo de antes, pero volví a caer, una vez más.

Ahora dejé de ser un ser invisible, mostré mi alma débil de tanto luchar para que se reirán de mi. Aún era muy temprano para ser sábado por la noche y yo no me lo creía aún. Mis ojos, eternos pensadores y juzgadores, me lo mostraron una vez más, yo estaba equivocado.

Entonces de sus hermosos labios volvieron a salir hermosas palabras con un hermoso significado, fue ahí cuando me fijé en sus ojos y ella en los míos. Sabía que mentía y yo quería creerle para no tener más problemas conmigo mismo, pero no dijo nada.

Caminé ciego por voluntad propia y anduve caminando mucho y me choqué, mucho más duro que antes, y me volvió a doler, pero al abrir los ojos me di cuenta que era la misma pared con la que ya antes había chocado, pero no le tomé importancia.

Cuando la besé ella sonrío, y volvió a soltar hermosas palabras de sus hermosos labios, para que le creyera, pero que se creyera, pero no le creí, aún sigo sin creerle.

¿Cuál era la diferencia entonces?

No me dio razones para creerle, pero le creí.