domingo, 10 de agosto de 2014

Abre la puerta

-      - Abre la puerta.

-      -  ¿En serio crees que lo haré?

Ahí estaba, parado frente al intercomunicador de la casa de mi ex. De lleno tienen que saber que me encontraba ahí por una buena razón.

-      -  Lo harás eventual. No quiero mantener tus cosas conmigo.

-       - Quédatelas o regálalas, no me importan.

-       - ¿A quién carajo le podría importar una foto tuya de bebé y una blusa?

-      -  No sé, pero esa blusa sí es bonita, véndela en todo caso.

Era terca como una mula. No tenía mucho caso quedarme más rato parado en su portón marrón.

-       - Dejaré esta caja acá y me iré.

-      -  Haz lo que quieras.

Me alejé caminando por varias cuadras pensando en lo que dejaba en aquella pequeña caja. Había un disco de Gardel que ella me trajo de su viaje a Argentina, un pequeño cuaderno negro en el que solo estaban escrito en todas las página su nombre y él mío, la blusa que dejó por casualidad en mi cuarto hace varios meses atrás, la foto en la que ella tenía 2 años y sonreía al ver su torta gigante de cumpleaños, un diccionario de francés para que yo pudiera entender lo que de vez en cuando me decía al salir de sus clases en la Alianza Francesa. Este último objeto llevaba un post-it amarillo en su interior con algo que ella escribió con su propia letra:

“Ta petite amie
t'aime beaucoup
A’ un petit
Faveur à toi
Je t’aime, Andrea”.

Hacía mucho frío en San Miguel por más abrigado que estuviera. Saqué la cajetilla de cigarros de mi bolsillo (Lucky’s convertibles) y seguí caminando hasta un parque cercano donde solo vi a una pareja discutir.

-       - No me jodas, esta relación no tiene futuro.

-       - Pero estábamos bien, ya habíamos solucionado mis errores. Perdóname en serio, puedo cambiar más.

 “Maldita epidemia, ¿todos terminan o qué?”, pensé mientras me alejaba rápido del lugar.

Regresé a su casa. Para cuando doblé la esquina la vi salir presurosa. Desconfiada agarró la caja y con las mismas se volvió a meter. No notó que el gato salió delante de sus narices.

Corrí varias cuadras para chapar a Pie que nunca se dejó agarrar por nadie, solo por ella. Se quedó quieto metido dentro de un árbol. Empezó a llover y a los gatos no les gusta cuando llueve en Lima. Me quité mi abrigo para envolver al gato y llevarlo de vuelta a su hogar.

-      - ¿Hola?, dijo a través del intercomunicador.

-      - Ábreme la puerta.

-      - Te dije que no lo haré, ya dejaste tu carga conmigo. ¿Por qué no solo no te vas?

-      - Tengo tu gato.

-       - ¿Qué?

Tardó cerca de cinco minutos, pero al final bajó y  abrió la puerta.

-       - Pensé que bromeabas, busqué al gato por toda la casa y no lo encontré.

-       - Salió cuando recogiste la caja.

-       - ¿Cómo sabes eso?

-      -  Te vi cogerla hace un rato y el gato se salió por un lado de la puerta.

Dejé correr a Pie libre dentro de su casa. Nos quedamos mirando frente a frente largo rato sin emitir sonido alguno. Me limité a observarla detenidamente. Llevaba el cabello recogido, como si fuera un pony. Se había maquillado, quizás para ocultar las lágrimas y tenía los labios resecos. Llevaba una casaca de Nirvana y un jean azul oscuro. Pese a su atuendo tan normal, no dejaba de ser linda.

-      -  ¿Quieres pasar?, al fin me dijo.

-      - Solo si de verdad me abres la puerta.

-       - Pasa, será la última vez que lo hagas.


Marty Vargas




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